
Estoy tumbada en el sofá, el reloj marca las tres de la madrugada; no puedo dormir, me levanto dolorida, casi no puedo andar, a duras penas llego hasta el cuarto de baño, tengo miedo de mirarme en el espejo, pero lo hago, no me reconozco mi esposo me ha vuelto a pegar. Mirando mi reflejo, recuerdo lo que ha pasado hace apenas unas horas...
La llave roza la cerradura de la puerta. ¡Ya vienes!, ¿cuántos golpes me guardas para hoy?. ¿Qué te pasa?, nuestra hija ya no reconoce en ti al hombre en el que te has convertido, ya no la llevas al parque como antes, ni la ayudas a hacer los deberes. Te has convertido en un monstruo. Me golpeas sin cesar. ¡No puedo más! te transformas en cada tasca, en cada taberna, estas disfrazado, eres otra persona.
Con tanta algarabía la niña se levanta, con su osito bajo el brazo; abrazada a mi grita: ¡tú no eres mi padre!, ¡deja a Mamá!.
Te encierras en la habitación y lleno de ira, lo destrozas todo. Estoy harta de “maquillarme” y poner una sonrisa falsa cada vez que la niña viene del colegio, aparentando que somos una familia feliz. Le digo que me cuente como ha ido el día, y es tan lista que no se olvida ni un detalle, está llena de vida y tú ni te das cuenta de que ya la has perdido.
Yo no me perdonaría que todo esto le arruinara la infancia. Yo sola, cargo con las riendas de la casa, que me pesan como el plomo. Yo voy al mercado, cabizbaja, a comprar lo imprescindible; aun sabiendo que voy a dejar a deber.
Todo esto es por culpa del alcohol, eres cono un fantasma, que absorbe todo el dinero que llega a tu poder, estás sin trabajo, eres indomable, sólo deseas que lleguen los fines de semana para embarcarte en tu pequeño mundo, donde todo crees que tiene solución, crees que los problemas se hacen más pequeños, pero no es cierto, cada día se hacen más grandes.
Los profesores ya notan algo, dicen que nuestra pequeña Yerisa no va bien, pinta dibujos horribles y oscuros en los que aparece su madre llorando en el suelo. Yo no les digo nada, solo me limito a callar, me da vergüenza contarles lo que pasa, aunque ellos seguro, que ya se lo imaginan.
La niña es el fruto de una de nuestras muchas reconciliaciones, siempre te perdono a pesar de saber que tarde o temprano volverás a caer en el mismo error. Te perdono todo, alguna razón tendrás para tratarme así; no sé porque lo hago, solo sé que te quiero.
A la mañana siguiente, me levanto, me siento a pensar porqué consiento todos tus fallos y nunca reuno la suficiente valentía como para denunciarte.
Me miro en el espejo y no me reconozco... ya estoy cansada, he decidido ir a la comisaría y contarle todo a la policía;
Mientras hablo, lloro; los agentes me consuelan. Vuelvo a casa, pero no estoy sola, te reducen, sueltas improperios contra mi, te leen tus “derechos” y dicen que guardes silencio. Te llevan esposado y yo no me opongo, ya era hora; quiero empezar a vivir.
Las puertas de la prisión se cierran lentamente tras de ti con un ruido ensordecedor, dejando la luz en el exterior, una luz que ahora se torna artificial para ti. Ahora comienza tu condena y se acaba la mía.
Llego a casa, estoy contenta; dispuesta a olvidarte y rehacer una nueva vida. Me miro en el espejo y veo una imagen que por primera vez me resulta familiar y que parece esbozar un leve gesto que dice “ POR FIN SOY LIBRE.”
Desde mi casa oigo voces que provienen del exterior, salgo al porche y veo a un grupo de vecinos reunidos entorno a mi puerta. Conocidos, que tantas y tantas veces me han visto llegar a mi hogar desde sus ventanas, detrás de las cortinas; y que nunca no se “atrevieron” a preguntar, para no llenar mis ojos de lágrimas; aunque luego, las frágiles paredes les han revelado los crueles sonidos de mi horror.
Todos vienen hacia mí, me regalan animosas palabras y algunos me dan la enhorabuena por haber tomado esta decisión. Saco una hamaca fuera para sentarme, cojo a mi hija entre mis brazos con fuerza, como con miedo a que alguien me la arrebate. No quiero que crezca, quiero que conserve esa ingenuidad que los niños tienen, como si nada malo les hubiera tocado. No se como contarle todo lo ocurrido, así que por el momento, no lo haré.
Hoy el sol brilla más que nunca, me duermo contemplando el amanecer.
Empiezo mi nueva vida, comienzo a ser feliz , me miro en el espejo, y por fin, “Me reconozco”.
La llave roza la cerradura de la puerta. ¡Ya vienes!, ¿cuántos golpes me guardas para hoy?. ¿Qué te pasa?, nuestra hija ya no reconoce en ti al hombre en el que te has convertido, ya no la llevas al parque como antes, ni la ayudas a hacer los deberes. Te has convertido en un monstruo. Me golpeas sin cesar. ¡No puedo más! te transformas en cada tasca, en cada taberna, estas disfrazado, eres otra persona.
Con tanta algarabía la niña se levanta, con su osito bajo el brazo; abrazada a mi grita: ¡tú no eres mi padre!, ¡deja a Mamá!.
Te encierras en la habitación y lleno de ira, lo destrozas todo. Estoy harta de “maquillarme” y poner una sonrisa falsa cada vez que la niña viene del colegio, aparentando que somos una familia feliz. Le digo que me cuente como ha ido el día, y es tan lista que no se olvida ni un detalle, está llena de vida y tú ni te das cuenta de que ya la has perdido.
Yo no me perdonaría que todo esto le arruinara la infancia. Yo sola, cargo con las riendas de la casa, que me pesan como el plomo. Yo voy al mercado, cabizbaja, a comprar lo imprescindible; aun sabiendo que voy a dejar a deber.
Todo esto es por culpa del alcohol, eres cono un fantasma, que absorbe todo el dinero que llega a tu poder, estás sin trabajo, eres indomable, sólo deseas que lleguen los fines de semana para embarcarte en tu pequeño mundo, donde todo crees que tiene solución, crees que los problemas se hacen más pequeños, pero no es cierto, cada día se hacen más grandes.
Los profesores ya notan algo, dicen que nuestra pequeña Yerisa no va bien, pinta dibujos horribles y oscuros en los que aparece su madre llorando en el suelo. Yo no les digo nada, solo me limito a callar, me da vergüenza contarles lo que pasa, aunque ellos seguro, que ya se lo imaginan.
La niña es el fruto de una de nuestras muchas reconciliaciones, siempre te perdono a pesar de saber que tarde o temprano volverás a caer en el mismo error. Te perdono todo, alguna razón tendrás para tratarme así; no sé porque lo hago, solo sé que te quiero.
A la mañana siguiente, me levanto, me siento a pensar porqué consiento todos tus fallos y nunca reuno la suficiente valentía como para denunciarte.
Me miro en el espejo y no me reconozco... ya estoy cansada, he decidido ir a la comisaría y contarle todo a la policía;
Mientras hablo, lloro; los agentes me consuelan. Vuelvo a casa, pero no estoy sola, te reducen, sueltas improperios contra mi, te leen tus “derechos” y dicen que guardes silencio. Te llevan esposado y yo no me opongo, ya era hora; quiero empezar a vivir.
Las puertas de la prisión se cierran lentamente tras de ti con un ruido ensordecedor, dejando la luz en el exterior, una luz que ahora se torna artificial para ti. Ahora comienza tu condena y se acaba la mía.
Llego a casa, estoy contenta; dispuesta a olvidarte y rehacer una nueva vida. Me miro en el espejo y veo una imagen que por primera vez me resulta familiar y que parece esbozar un leve gesto que dice “ POR FIN SOY LIBRE.”
Desde mi casa oigo voces que provienen del exterior, salgo al porche y veo a un grupo de vecinos reunidos entorno a mi puerta. Conocidos, que tantas y tantas veces me han visto llegar a mi hogar desde sus ventanas, detrás de las cortinas; y que nunca no se “atrevieron” a preguntar, para no llenar mis ojos de lágrimas; aunque luego, las frágiles paredes les han revelado los crueles sonidos de mi horror.
Todos vienen hacia mí, me regalan animosas palabras y algunos me dan la enhorabuena por haber tomado esta decisión. Saco una hamaca fuera para sentarme, cojo a mi hija entre mis brazos con fuerza, como con miedo a que alguien me la arrebate. No quiero que crezca, quiero que conserve esa ingenuidad que los niños tienen, como si nada malo les hubiera tocado. No se como contarle todo lo ocurrido, así que por el momento, no lo haré.
Hoy el sol brilla más que nunca, me duermo contemplando el amanecer.
Empiezo mi nueva vida, comienzo a ser feliz , me miro en el espejo, y por fin, “Me reconozco”.





